Bretaña es una de esas perlas europeas no demasiado publicitadas y, no obstante, se trata de un destino genial para pasar al menos una semana entre calles medievales, comida alucinante, paisajes que quitan el hipo y una oferta cultural y de actividades muy completa. ¡En este apunte os proponemos siete cosas para hacer allí y sacarle todo el jugo a la visita!

Perderse entre coloristas casas de entramado de madera en Vannes. Ciudad de mercados y comercios durante toda su historia, si queréis disfrutar de un rico patrimonio urbano este es vuestro sitio. Las murallas, la catedral de San Pedro, los castillos… pero, sobre todo, las calles que serpentean entre casas de entramado a la vista, que habitualmente asociamos a Alemania y a la Inglaterra rural pero que también sostienen y embellecen la vida en Polonia, Bélgica, Suiza, Normandía, el País Vasco y, efectivamente, Bretaña. Buscad, entre ellas y por las esquinas, una estatua en relieve y pintada que sobresale del muro: “Vannes y su mujer”, una curiosidad del siglo XV y uno de los símbolos de la ciudad.

Viajar hasta el siglo XV por las callejas de granito de Locronan, ricas gracias al cannabis. Este pueblo anclado en otra época conserva magníficos edificios y pintorescos rincones levantados sobre la riqueza que, en su tiempo, amasó gracias al comercio de la planta del cáñamo, muy importante por aquel entonces para construir velas y ropas —y quién sabe para qué más—. El enorme éxito turístico de este pequeño pueblo   —ni tan siquiera llega a los 1.000 habitantes— tiene, como siempre, una parte negativa: dependiendo de la hora a la que lleguéis, os sentiréis en una villa-museo. Aun así, merece la pena.

Llenar el buche con su sidra, sus crêpes y galettes y su marisco. Las crêpes se asocian con Francia en general pero lo cierto es que los maestros son los bretones, que las preparan deliciosas tanto en versión dulce, servida con azúcar, chocolate o frutas —hechas de trigo harinero — o salada, con huevo, queso o salchicha andouille de Guéméné  —hechas de trigo sarraceno, llamadas entonces galettes—. Qué mejor que regarlas con sidra, brebaje maravilloso que un montón de productores tanto industriales como artesanales ofrecen en versión dulce o seca. Si el presupuesto y el estómago os alcanza para más, no dudéis en probar las especialidades locales en materia de marisco. Los mejillones con patatas fritas son la opción más económica; las langostas a la plancha y las ostras pueden ser una buena elección para un día especial —o dos —.

Llegar varias veces al fin del mundo en la costa occidental. La fachada marítima del departamento de Finisterre es muy recortada, con promontorios y cabos de geografía y paisaje épicos saliendo al encuentro de las aguas atlánticas. La punta de Raz con sus dos faros sobre las rocas en medio del mar luchando contra la olas ante la mirada lejana de la Île-de-Sein, o Enez-Sun— es, sin duda, uno de los puntos imperdibles. Más al norte, las puntas de Pen-Hir (imagen superior) y de Dinan (Beg Dinn) nos ofrecen un panorama espectacular de buena parte de la costa occidental bretona. Para llegar andando a la segunda de estas puntas hay que caminar por encima de un arco natural sobre el mar. ¡Aprovechad, antes de que se colapse! Aún más al norte debéis visitar la pointe Saint-Mathieu (Beg Lokmazhe), seguramente menos visitada y más desolada que las otras, pero con el atractivo de las evocadoras ruinas de la abadía de San Mateo (imagen inferior), donde aún es posible imaginar, en medio de la niebla, a los monjes medievales levantando fortificaciones para defenderse de los piratas.

Sentirse como Astérix y Obélix entre menhires. Cerca de la playa de Carnac  —ánimo, valientes del baño en aguas frías— se encuentran unos alineamientos megalíticos compuestos por más de 4.000 piedras levantadas hace seis milenios y medio. Lo más recomendable —que sepamos, a nadie le hacen acarrear con pedruscos— es unirse a alguna de las visitas guiadas que se organizan in situ: de lo contrario, si no sois arqueólogos o historiadores expertos, muy probablemente os perderéis un montón de detalles interesantes. Por cierto, ojo con la confusión generada por los dos famosos personajes de cómic: quienes erigieron Carnac no fueron los galos, sino unos misteriosos pobladores anteriores. Allí os lo contarán. El vecino Museo de la Prehistoria también organiza talleres para niños y visitas para grupos. Por otro lado, se pueden explorar los bosques de los alrededores y toparse con enormes menhires aislados, como el Gigante de Manio, de seis metros y medio de alto.

Disfrutar de una vibrante escena musical, de los bagadoù a Massive Attack. Bretaña es tierra de festivales de verano para todos los gustos. El más consolidado es Vieilles Charrues, que cada julio acostumbra a presentar un cartel de primer nivel mundial —por aquí han desfilado Depeche Mode, Noel Gallagher, Manu Chao, Deep Purple, Joan Baez y Bruce Springsteen— y cuyos beneficios tienen vertiente social: han servido para restaurar castillos locales y para financiar escuelas asociativas en lengua bretona. Quien busque algo más tradicional no puede perderse el campeonato nacional de bagadoù, nombre que reciben las bandas musicales bretonas, que se desarrolla a partir de febrero en múltiples emplazamientos del país y que culmina la primera semana de agosto en el Festival Intercéltico de Lorient: diez días de cultura de raíz celta que cada año atraen a miles de visitantes internacionales.

Alucinar con la velocidad de torpedo de los pingüinos en Brest. A la tercera ciudad de Bretaña le falta el encanto histórico de sus dos hermanas mayores, pero aun así vale la pena acercarse a ella y sorprenderse con las sucesivas fortificaciones que la han convertido en uno de los puntos de referencia de las marina francesa o admirar el espectáculo de la salida y la puesta de sol sobre la rada de Brest, que a oriente se abre hacia el océano Atlántico. Además de esto, una de las curiosidades más interesantes de brest se encuentran en el Océanopolis, el oceanográfico donde podréis ver especies marinas tropicales, tiburones varios y asimismo algunas polares, con mención especial para los pingüinos. Si viajáis con niños no os perdáis este centro: se quedarán con los ojos como platos¡y vosotros también!— con la increíble velocidad de nado de esas aves.