¡Ay Corvo! Corvo nos robó el corazón. Un solo núcleo urbano con unos 450 habitantes. Un aeródromo para conectar con el resto del mundo, un pequeño y acogedor hotel, un bar, un único restaurante para comer a la carta, un colegio, una iglesia, una mercería, un par de colmados, una panadería… Un pequeño trozo de tierra en la inmensidad del Atlántico. Un mundo en sí mismo donde la cotidianidad se vuelve exótica.

El tiempo pasa despacio, tanto que los días te parecen semanas. Pero no por aburrimiento, sino por la familiaridad que se respira. En pocas horas conocerás el pueblo y el pueblo te conocerá a ti. Te saludarán por la calle: eres el viajero que llegó ayer, que se aloja en el Comodoro, que para comer se dirigió al bar Trainera donde le ofrecieron la sopa del día (el único plato que cocinan) y cuando anocheció cenó en el Caldeirao. El veinteañero que, en el centro de interpretación de la isla, te explicó que Corvo tiene un millón de años ahora pasea por las calles con un grupo de amigos. Durante la breve visita al centro también te habló de la flora y fauna de la isla, especialmente del cagarro, una curiosa ave de la cual el 75% de su especie vive en las Azores. En definitiva, que en pocas horas te sentirás como en casa. ¡Corvo es así!

ALGUNOS PRECIOS: Dos cafés en la Trainera: 1,20 € Cena en el Caldeirao con dos platos del día, pan con mantequilla y dos cervezas: 14 €

¡“Aua aua e”! ¡“Aua aua e”! Este es el sonido más característico del atardecer en Corvo. Es el canto del cagarro, que vive estacionalmente en las Azores para anidar y tener sus crías antes de volar hacia África o Brasil para pasar el invierno. Lo curioso del caso es que cuando emigran no se llevan a sus crías, que todavía no están preparadas para el largo viaje. Ellas se quedan en Corvo unas semanas más hasta que están preparadas. Pero no hay problema, conocen el camino, ¡cosas de la memoria genética! Con estas curiosas aves a cargo de la banda sonora visitamos los molinos esculpidos en la costa antes de ir a cenar.

La caldera de Corvo es su principal atractivo turístico. De hecho, parece habitual que grupos de turistas atraquen en el pequeño puerto de Corvo para ser transportados en una furgoneta hasta el caldeirao, bajen en una hora y se vuelvan con la zodiac a Flores, la isla más cercana. Nosotros tuvimos que esperar tres días para verlo. Cuando llegamos lo descartamos porque desde el pueblo podíamos ver como las nubes lo tapaban por completo. El segundo, Kathy Rita, la propietaria del hotel Comodoro nos propone acompañarnos con su coche para probar suerte. Su padre se muestra escéptico sobre nuestra decisión y no le falta razón: a 200 metros para llegar a la cima, la niebla se hace espesa y lo tapa absolutamente todo. Aún así, decidimos bajar caminando y hacer un poco de ruta. Kathy nos dice que podemos tardar entre una y dos horas, pero que si nos gusta hacer fotos el camino se puede alargar hasta tres. Y eso es exactamente lo que tardaremos en volver. Empezamos el camino de descenso en tierras de pastura, con vegetación baja y salvaje y algunos riachuelos. Son tierras comunales donde todo el mundo puede llevar las vacas a pasturar. Más abajo el paisaje cambia para parcelarse. Aquí ya vemos otros animales de granja y algunos cultivos. Al horizonte el mar y, ya más cerca del pueblo, un mirador que nos ofrece una panorámica sobre la vila de Corvo e incluso de la isla de Flores.

El tercer día, el último para nosotros, fue el de la victoria, el del premio a nuestra paciencia: “Hoy podremos ver la caldera”, nos dice Manuel, que miraba la televisión en el salón cuando bajamos a desayunar. Él mismo se ofrece a llevarnos. Volvemos a subir por la misma carretera, la que, cuenta Manuel, él mismo mandó construir durante sus años como alcalde de Corvo. Nos alegramos de tener un rato de conversación con él porque resulta ser uno de esos sabios del lugar. Llegamos arriba y nos encontramos con un auténtico espectáculo. La caldera se ve perfectamente, no hay nadie más que nosotros. Justo en el otro lado la cresta de la caldera está un poco rebajada y por detrás asoma el océano. En el centro hay dos lagunas y en sus orillas y en las laderas pasturan algunas vacas sobre muchas tonalidades de verde. Le comentamos a Manuel que esta caldera es más bonita que la de Sao Miguel. Asiente: “Ésta es mucho más salvaje”. Alargamos todo lo que podemos la visita, pero el avión espera y decimos hasta pronto a Corvo.