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Tuve que esperar hasta los 32 años y a viajar a Etiopía para tomar mi primer café. Jamás me había llamado la atención ni su intenso olor ni la amargura de su sabor pero cuando alguien se toma las molestias de tostar y moler los granos en lo que es todo un ceremonial para ofrecerte una taza, por supuesto que lo aceptas y te lo bebes con la mayor de las sonrisas. Y si, además, estás en un refugio al pie de uno de los acantilados más espectaculares que pudimos ver en nuestro trekking de tres días por el Tigray el café, te guste o no, te parece el brebaje más selecto y delicioso del mundo.

Nos lo ofrecieron después de comer una injera y mientras teníamos una de las interesantes conversaciones con las que nos deleitaba a diario nuestro guía Biniam. Una chica joven lo preparó en unos pequeños fogones de carbón donde primero tostó los granos pacientemente, luego los molió en un recipiente alargado y cilíndrico para después acabar preparando un café con mucho sabor que nos ofreció amablemente acompañado de palomitas y unas mini crêpes. ¡Qué gran primer café!